30.11.2019

Querido diario:

Hace un tiempo, vivía en Moravia. En un apartamento pequeño, para el estándar de muchos. Para mí, era mi espacio sagrado, era mi vida privada, mi independencia. Tenía paredes blancas, una ventana grande que atravesaba todos los espacios. Podía ver el amanecer y el atardecer.

Nunca le puse cortinas, yo llevaba mi rutina al ritmo de la luz.

En el 2019, ya tenía 5 años de vivir ahí.

Me encantaba ese lugar, estaba cerca del súper, de cafeterías, de la piscina, estaba cerca de mi amiga Rebe. Era fácil de salir al oeste y al este.

Esta historia es de un momento particular.

En el 2019 tenía 7 años de trabajar freelance, en octubre de ese año finalicé un contrato con un cliente importante. Se daba cierre a 5 años de trabajo constante. Cierre profesional y emocional. Recuerdo que me sentía súper agradecida de haber tenido esa oportunidad, aprendí mucho. Pero me enfrentaba, de nuevo, a la incertidumbre, al momento de no saber que hacer.

Tenía mucho tiempo libre, tenía dinero, tenía el espacio.

Entonces me di un mes de descanso, pensando en todas las posibilidades. Era emocionante.

Sin embargo, la incertidumbre siempre tiene su lado pesado, que atrae y complica las ideas.

El 30 de noviembre era el último día del mes de descanso.

Siento que tengo que hacer algo, pero no se que hacer. ¿Qué debería de hacer con este tiempo?

La palabra “debería” no debería de existir.

Siento que tengo el deber de hacer algo importante.

¿Puede estar bien solo existir?

Puedo caminar al súper.

La vida es generosa, me da un hogar, tiempo, espacio, dinero, me da estrés y relajación.

Voy a salir a caminar.

Fui caminando al súper, de camino un guarda me advirtió lo mucho que están asaltando y me sentí insegura, caminé insegura.

Compré pan y queso. También vino.

Comí en exceso y ahora me siento mal.

Me siento triste y decepcionada por mi comportamiento impulsivo.

¿Porqué como si se que me da dolor de panza? ¿Porqué me provoco dolor?

Me dije a mi misma que estaba bien.

“Está bien ser como soy” me dije.

Pero yo no soy glotona, muy en el fondo no lo soy, lo hago como un mecanismo de defensa.

Me siento triste, me siento sola, me siento… ¿Cómo me siento?

Desde niña, escribo “un diario”. Escribía sin saber muy bien lo que estaba haciendo. Era una necesidad para mí. Es mi impulso natural para expresarme, para sentirme comprendida.

Ese día vi dos películas seguidas, comiendo pan y queso, tomando vino.

Escribiendo a cada rato.

Es una combinación de culpa y placer.

¿Lo merezco? ¿No lo merezco?

¿Estoy perdiendo el tiempo o está bien darme este chineo?

Tal vez estoy pensando demasiado.

Quiero abrazar a alguien y que alguien me abrace.

Me voy a dormir.

Está bien no sentirme bien.

Antes de dormir, mientras me lavaba los dientes, pensaba en la conversación que tuve con una de mis hermanas, Mariana, el día anterior.

Ahí estaba, sola en mi apartamento, con sueño, pensando en no sentirme mal. Convenciéndome de que estaba bien, pero recordé que Mariana dijo “controlar las emociones”.

Me doy cuenta, en este momento, que no es necesario controlar las emociones. Las emociones existen para guiarnos. Es importante entender lo que siento para saber como actuar, no para evitar sentir lo que siento.

Entender lo que siento y preguntarme de donde viene y que puedo aprender.

No para esconderlo o evitar sentirlo.

Escribí esto en mi diario justo antes de dormirme.

Carla

Autor: Querido diario

Un refugio de conexión humana.

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