Hijo de Alzheimer

Querido diario:

Su papá y él no eran tan unidos cuando era un niño, vivían en la misma casa, pero una cosa era habitar y otra compartir. Siempre tuvo ropa, comida y una buena escuela, pero ¿habría sido mejor menos ropa, menos comida, pero muchos más abrazos y palabras de amor? El habría ya no existe.

Aquel niño al que cualquiera diría que nunca nada le faltó, tuvo carencias importantes, carencias de ese alimento que no lo necesita el cuerpo sino el alma. Una cosa es la disciplina y otra muy distinta el militarismo, él recibió. La primera lo habría preparado para la vida, la segunda para la guerra.
Los recuerdos del niño se nublaban por momentos, poco a poco se desvanecían o ¿inconscientemente los borraba?

Había un recuerdo que aquel niño no olvidaba. Aquella tarde se acostó temprano antes de que su padre llegara. Tenía los resultados de cuatro exámenes de escuela, tres buenos y uno malo. Inocentemente pensó que al dormir la furia se extinguiría, vaya error, fue más triste verse despertado por los golpes de aquella faja. Una maldita faja café que detestaba a su corta edad. Pero ¿tenía culpa la faja? Quizás no, pero el quizás ya no existe.

Aquel niño poco a poco creció, carente de amor del padre, amor verdadero, amor sano.
Al convertirse en muchacho, el niño con miedo habitaba en su alma, allá vivía en una esquina, agachado con la cabeza entre sus piernas. Y aquel muchacho había perdido el respeto por su padre. Para entonces ya no lo podían golpear, había crecido, ahora era más grande y fuerte que su padre.

La mente de aquel padre comenzó a fallar, y su hijo no entendía qué pasaba, ¿Cómo era posible que al pedir un simple favor el padre lo olvidara? ¿Cómo era posible que todos los días su padre se enfadara por no encontrar las llaves que el mismo había usado? ¿Cómo era posible que confundiera el color de las luces de un semáforo al manejar?

El muchacho aún recuerda aquella tarde en que hacía compras en una tienda de departamentos. Su madre lo llamó. Su madre le dijo: “hoy revisaron a tu padre, tiene Alzheimer, poco a poco sus recuerdos se irán borrando”.

Aquella tarde, en aquella tienda de departamentos el muchacho lloró, ¿Cómo era posible haberle gritado a su padre por olvidar las cosas más simples si la realidad era que estaba enfermo? El muchacho continuó llorando por mucho tiempo, se sintió culpable. Su papá y él no eran tan unidos cuando era un niño, vivían en la misma casa, pero una cosa era habitar y otra compartir.

Su padre murió con los años, el muchacho ya era un hombre. Aún recuerda esa mañana de hospital, el cuerpo inerte de su padre en la cama de hospital, un padre débil e inofensivo que no reconocía a su familia desde hacía muchos años, aquel hombre que alguna vez fue rudo y hasta violento se había ido, la historia había terminado. Al final nunca hubo una palabra de amor entre ellos, los abrazos no existieron.

Hoy un hombre se hace llamar “El hijo del Alzheimer”, su padre lo padeció y el en ocasiones intenta padecerlo, no para hacer sufrir a sus seres queridos, sino para poder borrar recuerdos en su mente.
Ese hombre ahora recuerda con amor a ese padre, aprendió a perdonarlo, lo recuerda diariamente y se prometió a si mismo romper el círculo, porque el pasado no es el presente y si hay vida la historia siempre puede cambiar.

¿Habría sido mejor menos ropa, menos comida, pero muchos más abrazos y palabras de amor? Tú tienes la respuesta, estoy seguro de que sí y aquel hombre también.
Su papá y él no eran tan unidos cuando era un niño, vivían en la misma casa, pero una cosa era habitar y otra COMPARTIR.

Oqui

Autor: Querido diario

Un refugio de conexión humana.

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