A corazón abierto

Querido diario:

Todos tenemos nuestras contradicciones.

Yo nunca he creído en el amor a primera vista, sin embargo, con casi cuarenta años, he estado enamorado tres veces en mi vida, y recuerdo perfectamente la fecha en la que conocí a cada una de esas mujeres y hasta el atuendo que llevaban.

A Pecas la conocí en una asociación de estudiantes unos días después de haber iniciado mi primer semestre universitario. Tardé quizá diecisiete segundos en darme cuenta de que ella tenía un criterio propio más elaborado que el de la mayoría de las muchachas que conocía, y que podía defender sus opiniones de tal manera que el mismo Cícero hubiese tomado notas.

Me encantó desde el principio, pero he de reconocer que por unos meses no nos gustamos. Nos conocimos en el momento en el que me enteré de que, a diferencia de las colegialas, a muchas universitarias si les gustan los nerdos con sentido del humor, y saqué provecho de ese descubrimiento.

Pecas pensó que yo era un mujeriego empedernido. Yo pensé que ella era demasiado seria.  Al siguiente semestre nos tocó pasar mucho tiempo juntos por proyecto de la asociación. Una tarde le di un beso, y ella me besó de vuelta.

Un año después, Pecas había conseguido un trabajo tiempo completo, además de carga completa en la U, y nos veíamos con muy poca frecuencia. Una noche estaba trabajando de en un concierto. En un intermedio, otro de los de seguridad me presentó a La Colocha. En los cinco minutos de conversación, me convencí de que quería conocerla mejor.

Después de hacer algunas indagaciones, un día nos topamos “por coincidencia” en un pasillo de la universidad. Sin Pecas alrededor para ocupar mis momentos ociosos, empecé a pasar mucho tiempo con La Colocha. Traté de convencerme a mí mismo que ella era sólo una amiga con la que me gustaba pasar tiempo hablando paja. Pero en el fondo sabía que me estaba enamorando de ella, sin dejar de sentirme igual de enamorado de Pecas.

Aun cuando La Colocha y yo pasamos dos o tres tardes enteras conversando, ella nunca preguntó si yo tenía pareja, y yo siempre traté de evitar el tema. Pero vivimos en un país pequeño, y eventualmente La Colocha se enteró de la existencia de Pecas. Mi inseguridad no me había permitido darme cuenta de que ella había desarrollado por mí sentimientos parecidos a los que yo tenía por ella. Esto hizo que nuestra amistad sufriera por un tiempo. Pero hoy en día somos muy buenos amigos.

Durante los siguientes años, Pecas y yo nos graduamos, nos casamos y nos fuimos a vivir al extranjero. En un viaje de trabajo conocí a La Rusa.

Una vez concluidas las labores del primer día, ella y yo las siguientes seis horas hablando. Nos fuimos a dormir en la madrugada, no por falta de temas de conversación, sino por las responsabilidades que teníamos al día siguiente. Seis meses después, Pecas y yo decidimos tomar vacaciones separados, y yo pasé tres semanas en Nueva Orleans con La Rusa. Esto fue justamente después de Katrina, así que la excusa fue ayudar a una amiga a volver a su casa, a limpiar, a hacer todas las cosas que se deben hacer después de que un desastre natural pasa por tu casa.

Unos meses después mi padre murió. El duelo me hizo reevaluar lo que quería y lo que no en mi vida. Lo primero de lo que me percaté fue que estaba cansado de mantener apariencias. Quería vivir en mi verdad. Una semana después del funeral decidí hablar con Pecas. No le dije nada que ella no supiera ya, pero quería que lo escuchara de mí.

Le dije la quería montones. Le dije también que aun cuando nada había pasado con La Rusa cuando estuve con ella, al menos nada sexual, que sí estaba como loco por ella. Le dije que años atrás me había sentido igual por La Colocha, y que esos sentimientos, si bien los había reprimido un poco con el pasar del tiempo, no habían desaparecido.

Después de esa noche y de muchas otras que pasaron en conversaciones, a ratos incómodas, juntos llegamos a la conclusión que sentirse locamente enamorado de alguien es una de las experiencias más emocionantes en la vida, y que no debe provocarnos culpa o vergüenza; que la persona que comparte tu vida no es tu propiedad, y que el precio de tu compañía no debe ser su libertad.

Por doce años nos hemos dado mutuamente la libertad de sentir como queramos acerca de otras personas, y actuar en atracciones que sintamos. El precio es honestidad absoluta. Esto no quiere decir que nos contamos cada cosa que pasa en nuestro día, o cada pensamiento lascivo que cruza nuestra cabeza. Lo que sí quiere decir es que cualquier cosa que nos tome más de dos segundos decidir si deberíamos o no decirle al otro, debemos decírselo al otro.

Entre las muchas cosas que he aprendido durante este tiempo es que muchas personas ven a sus parejas como sus compañeros de celda.

Pecas es, en realidad, mi cómplice.

David

Autor: Querido diario

Un refugio de conexión humana.

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