Sobreviví, y aquí comienza mi renacer

Querido diario:

El 15 de septiembre del 2024 sufrí un grave accidente. Esa mañana, mi enamorado y yo habíamos ido a la iglesia. Salimos con una paz tan grande… de esas que no se explican, pero se sienten. Los dos sabíamos que era la presencia de Dios la que nos daba esa calma.

Luego, nos dirigimos a un almuerzo familiar, él manejando la scooter, en el distrito de La Molina, Perú. Faltaban solo un par de cuadras para llegar. Cruzábamos tranquilamente el semáforo en verde. Ya casi al terminar de cruzar, vi por el rabillo del ojo derecho cómo una camioneta blanca venía hacia nosotros a toda velocidad.

No recuerdo el momento exacto del impacto. Solo sé que desperté tirada en la vereda, justo frente a la puerta de la casa que estaba en esa esquina. El cuerpo me pesaba, todo era confuso… y el silencio se mezclaba con las voces de personas que no conocía.

Sinceramente, al principio sentí que no había sido nada grave. Estaba despierta. No sentía dolor, solo mucha confusión. Abrí los ojos y vi a mucha gente alrededor mío. No entendía lo que pasaba. Escuchaba que me decían: “No te muevas, todo estará bien, ya vienen las ambulancias.”

Yo solo los miraba. No decía nada. No podía. Todo pasaba muy rápido, pero por dentro todo estaba en cámara lenta. Ahora sé que esa calma no era real, era mi cuerpo aún negándose a entender el daño.

De pronto, un hombre se acercó gritando. Me insultaba, nos echaba la culpa de lo sucedido.

No lo reconocí al principio, pero después entendí: era el chofer de la camioneta que nos impactó. El que se pasó la luz roja.

Y ahí, en el suelo, rota, sin poder moverme, pensé: “¿Qué clase de persona puede hacer esto? ¿Cómo puede alguien tan inhumano dejar de ayudar, incluso si no fuera su culpa?”

Pero lo era. Y lo sabía. Y aun así, eligió gritar.

Las ambulancias llegaron rápido. Todo pasaba como en cámara rápida. Apenas nos vieron, supieron que yo estaba muy grave. Y aunque seguía sin sentir dolor, tenía ambas piernas rotas. Un dedo fracturado. Un corte profundo en el antebrazo izquierdo. Pero lo peor era la pierna derecha. Los huesos estaban expuestos. No había piel, ni músculos, ni venas… todo estaba al descubierto. Como si la pierna ya no me perteneciera.

Era un cuerpo roto. El mío. Pero yo todavía no lo sabía.

Los minutos pasaban, y recuerdo con mucha claridad la voz de uno de los muchachos que me ayudaron.

—Tenemos que llevarla ya, porque si no… se nos va.

Escuché eso. Me lo dijo a mí, pero como si no fuera conmigo. Me pregunté ¿por qué dice eso? No entendía que estaba perdiendo demasiada sangre. Lo increíble es que seguía despierta. Lúcida. Como si nada.

Me inmovilizaron las piernas como pudieron. Estaban corriendo contra el tiempo, y yo… todavía no sabía que el tiempo era lo que más me faltaba.

Al llegar al hospital, todo era confuso. Las luces, las voces, las manos que iban y venían. Intentaban canalizarme una vena, pero no podían. Mi cuerpo no respondía. Escuchaba palabras sueltas. «No entra», «está muy inestable», «rápido». Entonces alguien dijo que había que colocar un catéter en la yugular. No supe qué significaba eso… hasta que sentí la presión en el cuello.

Era como si ya no quedaran rutas posibles y esa fuera la única manera de salvarme.

En la camilla me dormía y despertaba, sin saber cuánto tiempo pasaba entre cada momento. Todo era confuso. Las luces. Los pasos. Las voces urgentes. Mi cuerpo estaba quieto, pero por dentro algo se movía… como si mi mente aún no aceptara que esto era real.

Recuerdo ver cómo cosían mi antebrazo izquierdo. Fue extraño: yo, que siempre me desmayo con las agujas, observaba todo con una serenidad que no entendía. Tal vez era eso lo que me sostenía.

Me pidieron rayos X y me trasladaron. Fue en ese momento cuando el dolor comenzó a llegar, pero no era un dolor que la medicación pudiera calmar. Era algo tan profundo, tan enraizado, que no podía entender. Un ardor que atravesaba mi cuerpo como si fuera parte de mí, que se apoderaba de cada músculo, de cada hueso. Grité. Grité con toda mi fuerza, pero no servía. Lloré sin poder detenerme. Y, por un instante, sentí que el dolor me estaba consumiendo, que ya no quedaba espacio para nada más.

Pasaban las horas y, sinceramente, no había mucho que pudieran hacer en ese hospital. No es que lo dijera por hablar, sino porque era un hospital de urgencias, y lo que yo necesitaba era algo mucho más especializado. Recuerdo que escuchaba fragmentos de conversaciones entre el personal, algo sobre la referencia al hospital de mayor complejidad que no salía y que, aunque sabían lo urgente de mi situación, el traslado tomaría un tiempo.

Pero esos minutos, esa espera, eran cruciales para mí. Fue entonces cuando mi familia decidió contratar una ambulancia. En ese instante entendí que, aunque todo lo que podía hacer era esperar, no había tiempo que perder.

Al llegar al trauma shock, la situación se volvió aún más caótica. Mi estado era tan grave que tuvieron que llamar a especialistas. Recuerdo que los médicos no entendían cómo podía estar despierta, consciente de lo que pasaba, y tan tranquila en medio de todo.

Me ordenaron una serie de exámenes, rayos X, tomografías… para evaluar la extensión de las lesiones. Sabían que el impacto había sido brutal, y había la preocupación de que pudiera tener daños internos. Afortunadamente, parece que todo estaba bien, salvo mis piernas y el dedo.

Un suspiro de alivio en medio de la tormenta, aunque sabía que lo peor aún estaba por venir.

Al día siguiente, me llevaron a mi primera cirugía. Estaba aterrada. Quería que mi mamá estuviera conmigo, que me diera esa calma que tanto necesitaba, así que pedí que la llamaran.

La incertidumbre me invadía. Pensaba en el futuro, en lo que vendría. Pero, al final, confiaba en los doctores y en el equipo médico que me ayudaba.

Cuando la cirugía terminó, los médicos me explicaron que me pusieron fijadores externos en la pierna derecha. Estaba grave, y esta era la opción más rápida para estabilizar la pierna y darme la oportunidad de empezar a sanar. Aunque al principio no entendía del todo, supe que cada paso era crucial para mi recuperación.

Pasaron unos días y me trasladaron al piso de traumatología. Fue entonces cuando contraje una infección, lo que retrasó aún más la operación de mi pierna izquierda y el dedo.

Estuve hospitalizada durante cuatro largos meses y medio, pasando de traumatología al servicio de cirugía plástica de forma continua. Es difícil describir lo que sentí en esos días; no sólo era el dolor físico, sino también la incertidumbre de no saber cuándo podría volver a ser la persona que era antes. Hubo momentos en los que me sentí completamente sola, rodeada de doctores y enfermeras, pero sin poder ver más allá del presente doloroso.

En esos días, sinceramente no entendía de dónde saqué tanta fuerza para seguir adelante. Pero poco a poco me di cuenta de que la valentía no siempre se ve a simple vista. A veces, solo se encuentra en la necesidad de seguir respirando, de esperar un mañana mejor.

Llevo ya 17 operaciones.
Hasta hoy sigo con los fijadores externos en mi pierna derecha y, posiblemente, con osteomielitis (infección) en los huesos. Aún no pueden operarme las fracturas.

Han pasado siete meses desde el accidente, y mi vida cambió por completo. De ser una chica independiente, con su negocio, voleibolista, amando pasear, cantar, jugar, trabajar… pasé a depender de los demás para todo. Usar pañal. Que me cambien en cama. Estar postrada.

Qué rápido cambió todo.

Y no solo hablo de un cambio físico. Hablo de una frustración que me quema por dentro. De un dolor tan hondo que ni siquiera tiene nombre. De la sensación de estar atrapada en un cuerpo que ya no reconozco. Sentir que puedo perder la pierna ha sido uno de los desafíos más duros que me ha tocado vivir. Y también uno de los más difíciles de aceptar.

Pero hay algo que sí tengo claro: no pienso darme por vencida. Quiero seguir adelante, incluso con estas nuevas limitaciones.

Siento un impulso fuerte de compartir lo que me pasó, para que quienes también están atravesando un momento duro sepan que no están solos. Quiero demostrar que, aunque no todo será como antes, aún hay camino por recorrer. Que uno puede seguir soñando, creando, viviendo… incluso con cicatrices.

Sé que no podré hacer todo como antes, pero también sé que nada es imposible cuando hay ganas, propósito y un corazón que sigue latiendo fuerte.

Diana Carolina

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Autor: Querido diario

Storytelling para almas creativas

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