Querido diario:
Tenía 12 años cuando fui al hospital para hacerme una audiometría. Mi mamá me acompañaba. Me metieron en una cabina de sonido: un lugar pequeño, frío y oscuro. La pared negra estaba cubierta de espuma y había una silla donde debía sentarme para hacer el examen. La prueba consistía en levantar la mano cada vez que escuchaba un pitido.
Yo estaba tranquila porque ya estaba acostumbrada a esos exámenes para ver cómo iba mi audición, pero en la cara de mi mamá noté preocupación. Para entonces, ambas sospechábamos que algo no estaba bien, y ese examen lo confirmó. Ya no escuchaba, sobre todo del oído izquierdo, y mis audífonos ya no cubrían la pérdida que seguía avanzando.
Después tuvimos otra cita en la que el doctor habló del implante coclear como una posibilidad para no perder del todo lo que estaba pasando conmigo. Explicó que no era una decisión inmediata: primero había una junta médica que debía evaluar si yo era candidata.
Para eso tuve que pasar por varios exámenes. Querían asegurarse de que mi cuerpo pudiera aceptar el implante y de que mi salud permitiera una cirugía. También tuve citas de psicología, donde hablaron conmigo y con mi mamá para conocer nuestro entorno y ver si contábamos con el acompañamiento necesario para todo lo que venía después: la cirugía incluida, las terapias, los cambios y el compromiso de empezar una nueva etapa.
Yo estaba en shock. No entendía qué estaba pasando. Tenía la mente en blanco y solo me repetía dos pensamientos: “no quiero” y “¿qué va a pasar conmigo?”. La información que nos dieron en el hospital no ayudó mucho. No me explicaron mucho. Solo dijeron que mi audición había cambiado y que tenían que hacerme más pruebas. Salí sin entender bien qué estaba pasando.
Fueron semanas de hospital, pruebas y citas que no entendía bien. A veces tenía varias en una misma semana. Los días se me hacían largos y yo salía siempre cansada, con ganas de que todo se acabara.
Yo no quería operarme. Me daba miedo. Pero, veía a mi mamá preocupada, aunque no siempre sabía por qué. En la escuela casi no hablaba con mis compañeros. Me quedaba callada. En mi casa muchas veces no entendía lo que decían y eso me frustraba, porque antes no me pasaba. Sentía que todo se estaba volviendo más silencioso, y yo no sabía cómo explicar lo que me estaba pasando.
Un día mi mamá se sentó a hablar conmigo. Me habló despacio y me repitió las cosas varias veces, como para que no me asustara. Yo no entendí todo. Solo sabía que estaba preocupada y que quería ayudarme. En un momento me dijo que, si no aceptaba la cirugía, íbamos a tener que buscar otra forma de comunicarnos. Me quedé callada. Sentí un nudo en la garganta.
De pronto todo se redujo a una sola cosa: no perder la voz de mi mamá. Fue entonces cuando mi mamá buscó otra opinión. Fuimos con una especialista en terapia de lenguaje. Ella sí se tomó el tiempo de explicarnos las cosas con más calma, de una forma que sí podía entender. Eso me tranquilizó un poco. El miedo a la cirugía seguía ahí, pero ya no era tan grande. Por primera vez pensé que tal vez podía intentarlo. Dije que sí, sin saber todo lo que venía después.
El día de la cirugía llegamos al hospital de madrugada y yo tenía mucho sueño. Aun así, estaba muy nerviosa. Pensaba en que todo saliera bien mientras me preparaban. Después me llevaron al quirófano. Recuerdo el frío de la sala y las luces blancas. Me pusieron la anestesia. Al principio tardó en hacer efecto y después no recuerdo nada más. Fue como dormir por un rato.
Cuando desperté estaba confundida. Me sentía muy mal, mareada y con ganas de vomitar. Lo primero que hice fue preguntarle a una enfermera si ya me habían operado. Le miré los labios con atención para poder entenderla. Cuando me dijo que sí, sentí alivio. La cirugía había salido bien.
Recuerdo el día en que me activaron el implante. Mi mamá, mi tío y yo estábamos sentados frente a la audióloga. Cuando lo encendió, lo primero que escuché fue un eco. Luego me preguntó: “¿Escuchás? ¿Eso lo escuchás bajo o necesitás más volumen?”. Yo estaba muy concentrada, tratando de entender qué estaba oyendo. Tenía mucha curiosidad. Quería descubrir cómo sonaba ese nuevo mundo.
Me pusieron el volumen bajo. Pero yo estaba muy inquieta porque quería escuchar de una vez, quería más volumen. En las semanas siguientes tuve varias citas con la audióloga. Cada vez lo subían un poquito más. Y fue cuando empecé a escuchar cosas nuevas: el ruido de los carros y poco a poco también las voces de las personas.
Escuchar, para mí, fue volver a sentir que pertenecía. Me hizo sentir viva y presente. Empecé a reconocerme otra vez: la chica energética a la que le gusta hablar y compartir. Me alegraba escuchar las risas de mi familia y mis amigos. Los pajaritos suenan bonito y la lluvia me da calma.
No fue inmediato. Tuve que ir a muchas terapias y repetir ejercicios una y otra vez: aprender a distinguir sonidos, letras, palabras. A veces estaba cansada y frustrada, pero seguí. Poco a poco, los sonidos empezaron a ordenarse y las voces dejaron de ser un esfuerzo.
Con el tiempo, escuchar dejó de ser algo que pensaba y se volvió algo que simplemente pasaba. Ya no necesitaba leer labios ni acercarme tanto para entender.
Cuando era pequeña veía las noticias en la televisión y solo leía las letras que aparecían en la pantalla. Pensaba que eso era todo. Mucho tiempo después me di cuenta de que esas voces siempre habían tenido sonido.
Años después, cuando una materia del colegio se me hizo muy difícil, hice lo mismo que había hecho antes: estudiar, insistir y volver a intentarlo. Hasta que finalmente la entendía. Logré aprobar, graduarme y ahora estoy por empezar la universidad.
Cuando estoy en casa y escucho a mi mamá reír o llamarme desde otra habitación, recuerdo a la niña que salió del hospital confundida, con miedo, sin saber qué iba a pasar. Pero, también recuerdo el día en que dije que sí, aun con dudas.
Hoy sé que ese sí valió cada cita y cada espera.

Isa