La tía exiliada

Querido diario:

Estaba sentada en mi cama viendo TV, eran pasadas de la 9 de la noche de ese caluroso domingo de marzo y mi hermana Karol quien es dos años menor que yo, se acercó tímidamente a la puerta de mi cuarto.

Habló en un tono bajo y tuve que pedirle que repitiera lo que dijo. Me estaba avisando que ese sería su último día viviendo conmigo. Había pensado bien las cosas y decidió irse por su cuenta. Traté de negociar con ella porque ciertamente las cosas entre nosotras no venían bien, pero no quería que termináramos peleadas.

Sin embargo, no tuve éxito y ella estaba muy decidida a irse, en especial porque mi mamá era quien patrocinaba toda la idea de que nos separáramos. Probablemente sí, fue crónica de una muerte anunciada, pero igual me tomó por sorpresa y me obligó a pasar las siguientes semanas después de llegar del trabajo, a sentarme en el suelo de la habitación que dejó, a llorar y a gritar también. Así lo hice hasta que me sentí mejor.

Un día tomando café en el comedor de mi apartamento y hablando conmigo misma recordé que, en la historia familiar de mi mamá existe una tía exiliada. Solo la había visto una vez y fue en el funeral de mi abuelo, hace 23 años. Pero, no teníamos ninguna cercanía porque desde que tengo uso de razón escuché comentarios muy negativos. Supuestamente era una tía que le había faltado el respeto a mi abuela, a sus hermanos y en general era problemática. No hay un solo familiar que se refiriera de manera cordial sobre ella.

Justo en ese momento, me nació buscarla, porque el hecho de quedarme viviendo sola implicó cortar el último hilo con lo que conocí como mi hogar. Y casualmente, fui yo de todos mis hermanos, la que se atrevió a salirse del canasto de mis papás y que fue juzgada como la oveja negra por desobedecer las reglas.

Entonces, emprendí la búsqueda y tras preguntar a varios familiares, pude dar con mi tía Carmen. No tenía idea de lo que me podría decir o como reaccionaría conmigo.

Las manos me sudaban mientras marcaba el número y cuando contestó me temblaba la voz. Después de presentarme y ponerla en contexto, le dije: Tía, yo escuché tantas historias sobre usted, pero quiero conocer la suya.

Ella empezó a llorar y cuando recuperó el aliento me dijo sollozando: Es que yo no entendí porque mi mamá nunca me quiso. No sé qué fue lo que le hice. Todo mi cuerpo estremeció y me quebré escuchando su historia, en especial porque sabía que me decía la verdad.

Su titubeo, su voz, su tono, todo era como verme a mí todas las veces que quise defender mi punto de vista ante mis papás o ante mis hermanos que piensan diferente. Esa sensación de impotencia porque nunca fuimos escuchadas ni tampoco respetadas por nuestras decisiones, me hizo conectar con ella de una manera que la conversación fluyó de manera tan orgánica.

Me terminó compartiendo que está casada con el papá de sus hijos. El menor nació con una discapacidad, pero eso no impidió que hiciera su mejor esfuerzo para cuidarlo, a pesar de que muchos de sus hermanos le hicieron burlas y hasta le dijeron que eso era un castigo de Dios. Me contó, además que le encantan los perros por eso ha adoptado unos cuantos. Y uno de sus mayores logros fue construir su propia casa.

Con más confianza, le compartí lo fracturada que es mi relación con mis papás y en consecuencia con mis hermanos a lo que mi tía con un dulce amargo en su voz me dijo: Pero, usted y yo tenemos casi la misma historia. ¡No puede ser!

A pesar de la distancia, pudimos ser hombro la una a la otra. Al final, le pedí permiso para seguir en contacto porque fue muy agradable encontrar un familiar con el que hable el mismo idioma y además de compartir experiencias similares, también compartimos fecha de cumpleaños.

Esa llamada significó más que buscar respuestas. Sin saberlo, mi tía Carmen me ayudó a unir las piezas que hacían falta.

Justo ahí me di cuenta de que a pesar del daño que pueda provocar una historia mal contada, gracias a una de las grietas que deja la herida, la verdad prevalecerá.

Después de pasar horas sentada en el suelo sintiéndome culpable y hasta avergonzada por ser una hermana sobreprotectora, pasé a adueñarme del espacio físico. A colocar los muebles a mi antojo y con ello a sentirme en paz con la idea de que vivo sola.

Estoy segura de que mi versión será tergiversada muchas veces. Pero, algún día mis sobrinos podrán leer este escrito y encontrar que está en ellos reconciliarse con la historia familiar, sin importar que eso implique exiliarse de los demás, para no perderse a ellos mismos.

Expansión, obra de Paige Bradley

Autor: Querido diario

Un refugio de conexión humana.

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