S.O.S. empatía

Tenía tan solo 10 años cuando tuve mi primera terapia psicológica. Una encopresis infantil desató lo que hasta ahora es, el capítulo más caótico de mi vida. Lamentablemente, no tenía a alguien de confianza con quien desahogarme así que todo me lo guardaba.

Pero, por una orden de los médicos tuve que iniciar con las sesiones, luego de que todos los análisis no revelaran con exactitud el porqué estaba perdiendo peso aceleradamente. Con esto, pretendían comprender lo que me sucedía y ayudarme.

Fue un camino muy doloroso que me llevó tres años y medio. Luego de que todos los intentos fallaran y mi rendimiento académico, que ya de por sí era bajo promedio, se fuera de picada. Mis papás en su desesperación no encontraron otra forma más que sacarme del colegio para pausar mis estudios y dejarme en casa para dedicarme en cuerpo y alma a mi recuperación. La cual, en el mismo año dio resultados favorables. 

Sin embargo, el verdadero conflicto seguía ahí. Y desde siempre tuve claridad de que sí necesitaba conversar sobre lo ocurrido. Ese silencio se debía a que, en casa, se tiene la postura de que, si me siento triste, confundida, enojada o nerviosa, básicamente es por la poca fe que tengo en Dios. Así que era tabú hablar abiertamente de los sentimientos no placenteros y comprender su origen para tratarlos adecuadamente.

Fue así como durante toda mi adolescencia pasé cargando con la “culpa” y la “vergüenza” de sentir todas esas emociones insatisfactorias y no tener idea de qué hacer.  

Cuando me establecí como adulta independiente, tomé la decisión de buscar ayuda con un profesional en salud mental. Lo que menos imaginé en ese momento, sería lo divertido (sarcasmo) que sería este asunto. Sabía que debía “desnudarme” compartiendo información sensible, pero estaba dispuesta a arriesgarme con tal de cerrar el capítulo.

Ese primer encuentro fue como si no hubiese existido. Llegaba, me sentaba y empezaba a hablar, a lo que veía a la terapeuta asintiendo, frunciendo el ceño, enrollando los labios, cambiando de postura en su sillón, acomodando su abrigo, a veces tomando notas, pero ni una sola palabra. Casi dos meses en esa dinámica y al no sentir que tenía un interlocutor le dije que no regresaría más. Tampoco buscó la forma de explicarme su metodología o de llegar a algún acuerdo.

Años más tarde luego de llevar un programa basado en la comunicación empática, con todas las herramientas que adquirí, me sentía un poco más segura de mí misma. Sentía que estaba avanzando y casualmente una conocida me compartió el vídeo de una terapeuta que abordaba un tema que para ese momento yo vivía en carne propia. Hablaba sobre las relaciones de pareja disfuncionales y bueno, decidí que quería intentarlo por segunda vez. Llegué y a diferencia de la primera, me hablaba, intercambiaba conmigo ideas, pensamientos, en fin, pudimos conectar. En el transcurso de esa terapia y aunque no era el tema principal, abordamos el conflicto que había guardado por tantos años. Y de forma muy intensa debo decir, me ayudó a comprender ciertas partes de la película.

De esta terapia, obtuve algunos resultados que hasta la fecha atesoro, como el hecho de que llegara a mí el libro de la doctora Clarissa Pinkola Estés “Mujeres que corren con los lobos”. Encontrar consuelo al leer ciertos pasajes en los que encontraba sentido y resonaba con cada uno de sus aportes. Ahora es mi biblia personal y cada vez que me siento un tanto perdida, me refugio en él. Ha sido la terapia más extensa que he llevado, lamentablemente, sentía que la terapeuta no respetaba mi ritmo de aprendizaje y terminé un poco exhausta por la presión que ejercía sobre mí. Al cuestionarme si las acciones que estaba tomando era porque me nacía hacerlo o era más para satisfacerla, la dejé. Me hizo la observación de que el proceso no había concluido, lo cual tenía claro, pero no estaba dispuesta a ajustarme al apuro de alguien más, para “sanar”.

Así fue como muchos meses después, antes de pandemia una de mis conocidas que es psicóloga se encontraba obteniendo una especialidad y como parte del cierre de su certificación, necesitaba “conejillos de indias”. Pero, al ser cercana a mí, prefirió solicitarme ayuda para una de sus colegas. Acepté porque a la larga me podía servir para mi propio fin. Tiempo después, como ya nos conocíamos de esa experiencia, en plena pandemia, le pedí que me atendiera en consulta y accedió. Agendamos y aprovechaba ciertos días libres del trabajo para asistir a las sesiones.

En esta ocasión le preparaba como tipo reportes, super detallados de toda la información que quería abordar en dichas sesiones. Esta práctica le resultó muy conveniente, pues no omitía ningún dato importante y al final le entregaba mis escritos para su registro. Para mi sorpresa, esta terapeuta resultó ser la más creativa de todas. Desde la primera sesión se dejó hacer un comentario que pasé por alto. Resulta que con ella retomé el tema que no concluí con la terapeuta anterior. Ella sabía lo herida que estaba y que quería una estrategia con la cual evitaría vivirlo otra vez. Pero, nada de esto impidió que ella hiciera el comentario más fuera de lugar que hasta ese momento ninguna terapeuta me había hecho. A pesar de que usaba mascarilla, podía ver como sonreía, sus ojos se abrían más, levantaba sus cejas y entrelazando sus manos en señal de victoria dejaba sus notas para decirme: ayyy yo tengo un primo divorciado que puedo presentarte. Yo sé que les vendría bien conocerse.

Quedé perpleja.

Me llevó 3 sesiones después, que no dejaba de insistir con este tema que decidí confrontarla. Me ofreció disculpas, pero a regañadientes. Pensó que me estaba haciendo un favor al sugerirme un novio. Yo estaba muy molesta, porque tenía toda la intención de trabajar arduamente en el proceso. Le confié mi historia, le di acceso a información íntima y esto no fue suficiente para que se animara a hacer una sugerencia absurda.

Decidí que no tomaría ninguna acción en contra, pero sí afectó la manera en la que veo a los psicólogos.

En fin, creí que el tema de las terapias llegaría hasta ahí, pero años más tarde la vida me sacudió el piso con uno de los vínculos más importantes que me llevó a vivir un duelo y pensé que sería más llevadero si buscaba ayuda profesional. Al tener las experiencias previas, decidí ir sin preparar ningún material. Para ver cómo se desarrollaba en una interacción más orgánica.

En resumen: no me escuchó. Incluso sentí que juzgó mis esfuerzos como parte de mi proceso de sanación, el cual llevo años trabajando. El primer día de terapia, después de haberle dicho que pasaba por un duelo de una pérdida significativa me respondió: Ahorita no lo estás viendo porque estás muy triste, pero esto fue lo mejor que te pudo pasar.

Esto es como si recién se muere un ser querido tuyo y los comentarios son tipo: no llores, porque está en un mejor lugar, más bien alégrate porque ya no sufre. Es cero empático cuando atraviesas una perdida, sea cual sea. Es como positivismo tóxico.

En este punto, sentí mucha frustración porque pensé que podía ser yo la responsable de que no funcionaran las terapias conmigo.  

Cuando tenía 10 años y me impusieron llevar terapia, no hablé porque estaba congelada por el miedo. Pensé que podían revelar información y me cerré por completo. Así que de adulta tomé responsabilidad y quise colaborar con todo el proceso, brindando la información para desarrollar estrategias y así avanzar.

Casualmente, mis amistades me tienen como punto de referencia cuando se animan ir al psicólogo y me preguntan si puedo recomendar a alguien o cómo le pueden sacar mayor provecho. Lo único que puedo decir es: buscar ayuda es de valientes. Porque en mi caso, he tenido que resolver todo por mi cuenta, lo cual me ha hecho autosuficiente y eso me llena de orgullo, pero termino aislándome.

Esa idea de ser mi propio superhéroe es atractiva, pero no siempre voy a tener el ánimo, la energía y la disposición para continuar caminando y es justo ahí cuando decido pegar un grito de ayuda y activar mi alarma de S.O.S.

No es para que me resuelvan la vida, solo sentir que tengo una red de apoyo.  

Comentarios como: no se amargue por eso Wendy o todo pasa por una razón. Desde mi punto de vista son cero empáticos, impiden que explore a plenitud los sentimientos no placenteros que también son importantes, son parte del proceso de sanación. Y si los reprimo, es como pretender estar muerta. 

En el programa de comunicación empática, recuerdo como enfatizaban fuertemente en esta postura de NO dar consejos NO solicitados. Yo realmente sí compartía ese pensamiento y con el programa lo confirmé.

Cuando alguien acude a mí en busca de contención, no es precisamente porque busca una solución. Es porque quiere ser escuchado, ser visto por quien realmente es. Y lo entiendo tan pero tan bien, porque me ha pasado que tengo todos estos “vestiditos” desde que nací, uno que dice que soy mujer, otro que soy hija, hermana, nieta, prima, compañera, amiga, etc… pero al final si quito todo eso, queda mi esencia. Soy un ser humano, de carne y de hueso, una persona en constante evolución, que transita por este lugar y que en algún momento seré parte del firmamento.

Afortunadamente, encontré alivio, calidez, amor, seguridad en los diarios que tuve de niña. Esa fue mi catarsis. Por eso me encanta escribir. Lo es todo para mí.

Me siento muy bendecida porque mi perseverancia por sanar me hizo llegar hasta aquí. Este espacio de conexión es fruto de esas ganas de sentirme bien, de reír hasta que me duela el estómago. De decirle a la Wendy de 10 años que puede correr, saltar otra vez, porque le daba miedo caerse al perder el equilibrio por no tener control sobre su cuerpo. Ahora, la Wendy adulta le dice que incluso en el desbalance, se puede ser ágil.

Gracias a mi resiliencia, pude recuperar mi voz, la que callé por tantos años. Aprendí por la mala que no todos tienen capacidad empática, pero eso no debe desmotivarme a tratar de serlo. Yo puedo ser parte de ese grupo pequeño, en vías de extinción, que está dispuesto a escuchar. A reconocer que coexisto con sentimientos no placenteros ¿Y qué? Eso no me hace una mala persona, me hace humana.

En este cuerpo y en esta mente, habitan ángeles y demonios y hay días en los que debemos ponernos de acuerdo para seguir y también hay días en los que no lo logramos.

Descubrí que ser empático es para valientes. Así como regalar mi escucha para alguien más, puede ser un regalo precioso, también lo es pausar y resguardar mi energía.

Me nació escribir esto, porque realmente apuesto por un mundo más humano. Apelo 100% por la sensibilidad que habita en cada uno. Y que puede surgir si empezamos por ser valientes a través de nuestra vulnerabilidad.

Toma tu corazón roto y conviértelo en arte. Carrie Fisher

Autor: Querido diario

Un refugio de conexión humana.

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