Década evolutiva

Querido diario:

Según búsqueda en internet para matar el tiempo, pero como dato interesante, llegar a los 33, es considerada una etapa feliz. Al parecer es un punto medio entre la inocencia infantil y el salvajismo adolescente.

En este eclipse de Tauro, la primavera me ha coronado con la edad de Cristo según la cosmovisión cristiana. ¡Qué honor haber pasado por donde asustan y seguir en pie!

Llegar hasta aquí me permite celebrar cada peldaño que caminé. Y con esta nueva vuelta al sol, comparto algunos aprendizajes que me ayudan a aligerar el equipaje:

  • Comprendí que, a pesar de estar adoctrinada, pude recuperar mi intuición. Durante mucho tiempo, tenía este pensamiento de que, si soltaba lo que conocía, me iría muy mal, pero en el fondo tenía esta voz que me decía que caminara descalza. Afortunadamente la vida me regaló las herramientas necesarias para recuperarla, darle fuerza y luz.
  • Entendí que, al idealizar a mis papás como yo quería que fueran, me indujo a distanciarme de ellos, pero al conocer sus contextos de vida, me permitió hacer ejercicios empáticos con los que pude conectar nuevamente. Sus historias me enseñan que indiferentemente del entorno en el que me desenvuelva y los estímulos que reciba, siempre tengo opción a cambiar cualquier patrón de comportamiento que no me permita evolucionar.
  • Comprendí que, gracias a cada una de las conexiones humanas y al estar en diferentes lugares mi perspectiva se expande. Cada persona que se ha cruzado en mi camino ha sido un maestro. Así como he tenido experiencias desagradables, he tenido otras que han sido más que placenteras. Lo que más atesoro es ese grupo pequeño, pero sustancioso de amistades que genuinamente procuran mi bienestar.
  • Entendí que, el miedo me paraliza y darle poder a lo que otros opinen, me priva de experiencias que son vitales. Permitirme fluir, ser, cruzar fronteras, cambiar de ruta o simplemente pausar y que no me mortifique si no me están percibiendo como una persona productiva. A fin de cuentas, el descanso es necesario.
  • Comprendí que, por más herida que pueda estar, es fundamental buscar ayuda y ser valiente para trabajar en cada uno de esos infiernos personales. Eso me permite no solo cuidarme, sino también cuidar a los que están a mi alrededor.
  • Aprendí que, correr no implica llegar a tiempo a donde me dirijo, solo aumenta mi ansiedad y altero el orden natural de la vida misma.
  • Comprendí que, yo puedo sanar mi linaje. Mis ancestros hicieron lo que pudieron con lo que tenían y yo fui muy bendecida de nacer en una época y en un entorno apropiado para florecer y desatar nudos de años de represión. Ciertamente, es un trabajo exhaustivo, pero puedo ser puente a un lugar seguro, cómodo y libre de juicio.
  • Entendí que, yo puedo ser fuente de inspiración, siempre y cuando procure que mi energía tenga esa intención. Ser luz para otros implica que el auto cuido y resguardo personal es prioridad.
  • Comprendí que, nunca es tarde para nada. En cualquier momento se me puede presentar la oportunidad de cambiar, de elegir diferente. No importa si no estoy preparada, para ello es vital afinar la intuición y tener claro el norte.
  • Entendí que, tener un don es una responsabilidad. Cualquiera que sea mi talento, es mi deber cuidarlo, en especial de caer en excesos de vanidad y egocentrismo. Debo procurar su evolución y permitir disfrutarlo a pesar de que algunas veces, no funcione a la primera.

Entonces pienso que, si Cristo pudo disfrutar de una cena deliciosa rodeado de sus amigos, sabiendo que le iría como en feria… a mal tiempo siempre buena cara.

El camino recorrido no es en vano, cada experiencia a la fecha ha sido un previo. ¿A qué? No tengo la menor idea.

Profeso una fe diferente, una fe que no precisamente mueve montañas, la mía hace que exploten volcanes, los ríos salgan del cauce y el mar se pique. Pero, luego de ese caos, empiezo a ver un arcoíris que, aunque efímero, mientras dura es reconfortante, tanto que me mantiene en movimiento y guardo la esperanza de que me hará llegar a la próxima vuelta al sol. 

Wendy

Autor: Querido diario

Un refugio de conexión humana.

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